lunes, 16 de enero de 2012

La ciudad en calma.

                La ciudad en calma, silenciosa. Por las calles de Burgos apenas gente. La atmósfera era como de una ciudad que duerme, en silencio apenas roto por la ligera lluvia que hidrataba las calles y me mojaba a mí mientras recorría cada adoquín.

                He recorrido aquellas calles muchas veces y hacía tiempo que no veía así la ciudad. Quizás la primera vez, y si no la primera, sí desde hace mucho tiempo. Ese silencio, esa sensación de una soledad extrañamente agradable. Pensaba en lo que había pasado en lo que estaba pasando y en la incertidumbre de lo que está por pasar.

                Y no sé que tendrá cuando llueve una ciudad, un halo especial, un destello o fulgor secreto que sólo se deja ver a los ojos de los pocos osados a quién no les importa mojarse y caminar, más que para desvelar secretos ocultos, para aclarar sus propias ideas. Y en eso me encontraba en pensar simplemente, tranquilo entre las gotas de lluvia que de vez en cuando me lava las ideas.

                Y mis ideas ya no sé ni dónde rondan, sólo sé que me gustaría hacer la maleta una última vez, para emprender el viaje que me lleve a ver la verdad. Lo que se esconde entre las líneas de mis versos y apenas se deja leer. Reinventarme no estaría mal. Pero mejor estaría seguir siendo el mismo idiota de siempre, pero con distinto argumento. Porque, a veces, prefiero un poema de amor a una canción de cantautor. Sólo quiero hacer las maletas llenarlas de mis versos, de mis dibujos, ideas y sueños. Ese sería mi hatillo.

            
                Quiero caminar largo por las calles pensando en la luna, en los versos que nunca escribí. Tocar la melodía secreta que en las noches sin luna cantan las golondrinas justo antes de irse a dormir.




Pedro-Ángel 

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